• @CariciaFugaz
    Es como rezar sin creer, cada vez que las plegarias te inundan la garganta y ya no importa de qué lado del infierno estás.
  • @PlaceboAzul
    No poderte tocar me hace renegar de mis propias manos
  • @mendezisabela
    Adivinó mi pulso,/ besó mi miedo roto,/ abrazó mi osamenta,/ acarició mis lienzos.
  • @escribonia
    Todos los amores son necesarios. Todos. Hasta el verdadero.
  • @Elena_Poe
    Hay quienes siguiendo la luz se enamoran del túnel
  • @Nethuns_
    La profundidad de la mirada se adquiere en los abismos a los que hemos tenido que descender
  • @noratxa
    Búscame más allá/ de donde todos crean,/ lejos de la estación del frío,/ perdiendo trenes de ida y vuelta.
  • @escritoenmi
    Hay dagas que acarician y pétalos que arañan
  • @Ginhebra_
    Muerdo la mano que me da de soñar
  • @VianeyToledo
    Escribir para penetrar
  • @Helveticadoce
    La soledad siempre tiene tema de conversación.
  • @la_princesilla
    Olvídame tú, que sabes mentir

Leopoldo Castilla

 

   Poemas de “Gong (Canto al Asia)”, trilogía con la cual el poeta argentino obtuvo el premio Víctor Valera Mora 2014, como se anunció a fines de agosto. Los tres libros reunidos son “Baniano”, “Bambú” y “Durián”).

  

   III (de “Baniano, Sudeste”)

 

En la piedra

(como él

dormida para desaparecer)

pudo guarecerse el Buda.

 

Le han grabado en los pies

el envés del universo,

toda la historia en una sola huella:

            sólo de la progresión de un mismo instante

            puede nacer un dios,

            por eso no alcanza a la naturaleza.

 

La piedra todavía es hombre

le amansa la forma

la memoria

            ni cuando sea polvo

            podrá escapar al dios

 

no tienen espacio

            las distancias,

la canción que oran

es el eco del pie

de este ser sin futuro

al que oyen avanzar

volviendo sobre sus propios pasos.

 

No hay extensión

 

            lo infinito cabe en el rayo

           de una imagen que se pierde.

 

 

   VIII (De “Baniano, India”)

 

Cómo habrá entrado a la luz de la luna

dormido sobre el catre

de sus huesos negros,

en esa apalomada inmortalidad

que ni siquiera siente

la velocidad de la acera

bajo las patas de la cama

ni a la ciudad que gira a su alrededor

como si él estancara

el resumidero del día.

 

En el centro de las recovas circulares de Nueva Delhi

como un insecto vivo

caminando

sobre una mente en blanco.

 

Nos ha dejado fuera

mientras su cabeza emerge

                                   sola

                                   en otro océano.

 

¿Qué resurrección de la luz

sostiene

al desasido?

 

¿Y nosotros, expulsados de todo amanecer,

qué haremos con el ojo calcinado

igual que un faro

que mueve su bastón ciego?

 

   XIII (De “Baniano, India”)

 

Este hombre que duerme desnudo en el asfalto

no puede aparecer.

 

Una larguísima soledad se extiende

de esa carne

como un párpado caído en plena calle.

 

De pronto, al verlo, los que íbamos

comenzamos a manar nuestro invisible:

nos abandonan lunas, adormilados animales,

espejos narcóticos, entumecidas memorias,

alguien que nunca había nacido,

y se hunden en el medanal de su cuerpo

y cruzan con él

hasta la planicie

donde a la eternidad

            la alarga

                        una estéril naturaleza.

 

Ahora los que van por la ciudad

temen por ellos,

                        por sus deformidades,

 

el hombre

por el horno de su cremación

-su casa-

donde multiplica por un pozo

los caminos

y teme el pájaro

que creía

que el espacio era su cerebro

y las bestias al saber

que nunca habían sostenido la tierra.

 

   Las casas de Buda (De “Bambú”)

 

                                   A Anthony Edkins

 

   I

 

Buda buscó la total disolución,

y fue representado hasta el infinito,

por los que desean -y no soportan-

la ausencia de dios.

 

Con más clemencia,

unas vetas de lluvia, unas hebras de viento,

intentan borrarlo de la pared de la caverna.

 

Hay otro nirvana y es el olvido.

Todavía camina en una estatua

ondulando el espacio, afeminando el aire. 

 

La hora cero

                        tiembla allí

                                   esperanzada.

 

Contra lo absoluto

Buda

a la delicadeza de la tierra,

encadenado.

 

(De “Gong (Canto al Asia)”, colección Palabra y Actitud, La Letra Impar, Buenos Aires, 2012. Leopoldo Castilla nació en Salta, noroeste de Argentina, en 1947. Sus primeras ediciones de poesía datan de 1968. Se exilió en España, a raíz de la persecución de la dictadura cívico-militar que asoló a su país a partir de 1976. Lleva publicadas alrededor de treinta obras, entre poesía, narrativa y ensayo.  Poemas suyos están traducidos al alemán, chino, francés, inglés, italiano, macedonio, portugués, ruso, sueco y turco. “Antología poética” fue publicada en Venezuela, en 2008. Su cuento “La Redada” fue llevado al cine como largometraje, con dirección de Rolando Pardo. Entre numerosos reconocimientos que preceden al Valera Mora, obtuvo el primer Premio Municipal de Poesía de la Ciudad de Buenos Aires, 1998-1999, y el Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes, de Argentina, en 2000. La Universidad de Carabobo, de Venezuela, lo condecoró por el conjunto de su obra).

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