• @jdanielsalica
    Sobre el barrio/ la sagrada escritura de la lluvia en las veredas
  • @adriangiltigre
    Aquél que le da la espalda a su locura empieza a morir tranquilamente
  • @BufandadeChopin
    Nos leemos y somos, debajo de las palabras
  • @re_probada
    Vamos a cometernos, luego lamentemos el error
  • @DiabloGuardian
    Ojalá pudiera viajar al presente para volver a verte
  • @vforte
    La poesía/ tiene que hacer temblar:/ o por euforia/ o por escalofrío
  • @Phiaciel
    La palabra ya no me arropa, los días son metáforas viciosas que regresan a herirme todas las paredes celulares
  • @PatriciaRichm_
    El tañido de la campana obligó a las sombras a sacarnos del callejón de los perdidos
  • @Laceraciones
    Si me vas a empujar, no me des por muerta hasta que le eches tierra al abismo
  • @Manuelovsky
    Qué ironía que en los espejos rotos nos reflejemos completos
  • @PattyKuipers
    Nadie es feliz con los brazos cruzados
  • @Luzianna28
    Pariré perfumes, dejaré la piel

Borges: absuelto de las máscaras

 

   Ceniza

 

Una pieza de hotel, igual a todas.

La hora sin metáfora, la siesta

que nos disgrega y pierde. La frescura

del agua elemental en la garganta.

La niebla tenuemente luminosa

que circunda a los ciegos, noche y día.

La dirección de quien acaso ha muerto.

La dispersión del sueño y de los sueños.

A nuestros pies un vago Rhin o Ródano.

Un malestar que ya se fue. Esas cosas

demasiado inconspicuas para el verso.

 

 

   Son los ríos

 

Somos el tiempo. Somos la famosa

parábola de Heráclito el Oscuro.

Somos el agua, no el diamante duro,

lo que se pierde, no la que reposa.

Somos el río y somos aquel griego

que se mira en el río. Su reflejo

cambia en el agua del cambiante espejo,

en el cristal que cambia como el fuego.

Somos el vano río prefijado,

rumbo a su mar. La sombra lo ha cercado.

Todo nos dijo adiós, todo se aleja.

La memoria no acuña su moneda.

Y sin embargo hay algo que se queda

y sin embargo hay algo que se queja.

 

 

   Piedras y Chile *

 

Por aquí habré pasado tantas veces.

No puedo recordarlas. Más lejana

que el Ganges me parece la mañana

o la tarde en que fueron. Los reveses

de la suerte no cuentan. Ya son parte

de esa dócil arcilla, mi pasado,

que borra el tiempo o que maneja el arte

y que ningún augur ha descifrado.

Tal vez en la tiniebla hubo una espada,

acaso hubo una rosa. Entretejidas

sombras las guardan hoy en sus guaridas.

Sólo me queda la ceniza. Nada.

Absuelto de las máscaras que he sido,

seré en la muerte mi total olvido.

 

*Piedras y Chile es una intersección del barrio de San Telmo de la Ciudad de Buenos Aires.

 

 

   Los justos

 

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.

El que agradece que en la tierra haya música.

El que descubre con placer una etimología.

Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.

El ceramista que premedita un color y una forma.

El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.

Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.

El que acaricia a un animal dormido.

El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.

El que agradece que en la tierra haya Stevenson

El que prefiere que los otros tengan razón.

Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

 

 

   El sueño

 

La noche nos impone su tarea

mágica. Destejer el universo,

las ramificaciones infinitas

de efectos y de causas, que se pierden

en ese vértigo sin fondo, el tiempo.

La noche quiere que esta noche olvides

tu nombre, tus mayores y tu sangre,

cada palabra humana y cada lágrima,

lo que pudo enseñarte la vigilia,

el ilusorio punto de los geómetras,

la línea, el plano, el cubo, la pirámide,

el cilindro, la esfera, el mar, las olas,

tu mejilla en la almohada, la frescura

de la sábana nueva, los jardines,

los imperios, los Césares y Shakespeare

y lo que es más difícil, lo que amas.

Curiosamente, una pastilla puede

borrar el cosmos y erigir el caos.

 

 

   Arte poética

 

Mirar el río hecho de tiempo y agua

y recordar que el tiempo es otro río,

saber que nos perdemos como el río

y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño

que sueña no soñar y que la muerte

que teme nuestra carne es esa muerte

de cada noche, que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo

de los días del hombre y de sus años,

convertir el ultraje de los años

en una música, un rumor y un símbolo,

ver en la muerte el sueño, en el ocaso

un triste oro, tal es la poesía

que es inmortal y pobre. La poesía

vuelve como la aurora y el ocaso.

A veces en las tardes una cara

nos mira desde el fondo de un espejo;

el arte debe ser como ese espejo

que nos revela nuestra propia cara.

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,

lloró de amor al divisar su Itaca

verde y humilde. El arte es esa Itaca

de verde eternidad, no de prodigios.

También es como el río interminable

que pasa y queda y es cristal de un mismo

Heráclito inconstante, que es el mismo

y es otro, como el río interminable.

 

(De "Obra Poética", Sudamericana, Buenos Aires, 2011. Este libro comprende las obras "Fervor de Buenos Aires", "Luna de enfrente", "Cuaderno San Martín", "El hacedor", "El otro, el mismo", "Para las seis cuerdas", "Elogio de la sombra", "El oro de los tigres", "La rosa profunda", "La moneda de hierro", "Historia de la noche", "La cifra" y "Los conjurados". Jorge Luis Borges nació en 1899 en Buenos Aires y murió en 1986 en Ginebra, Suiza. Al conjunto de la obra, que incluye ensayos y cuentos, se atribuye su trascendencia universal. Infinidad de escritores se declararon influidos por Borges, y los críticos extienden la lista con muchos otros que no lo enunciaron expresamente. Fue distinguido con gran cantidad de títulos académicos. Entre numerosos premios, se pueden mencionar el Internacional de Literatura, que compartió con Samuel Beckett en 1961. En 1980 recibió el premio Cervantes, junto con Gerardo Diego. Escritores, críticos y académicos esperaron durante años que recibiera el Nobel de Literatura, pero ello no ocurrió. Se presume que sus definiciones políticas, fuertemente contrarias a movimientos populares, como el Peronismo en Argentina, y el respaldo a dictaduras cívico-militares genocidas, fueron un obstáculo para que se le adjudicara el Nobel. Borges quedó ciego cuando tenía 55 años).

 

 

 

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