La Poesía Alcanza
Carlos Barbarito
Hoy escribo un poema…
Hoy escribo un poema cansado.
Son muchos los pasos para cruzar el desierto.
Hay un pez aquí cuando ser pez parece imposible.
No hay peces aquí, aunque mi verso anterior lo contradiga.
Lo que propongo se vuelve huida, fantasma.
Lo que propongo no enciende una luz, no cierra los puños.
¿Qué otras cosas devorará el sol antes de que sea de noche?
Debo resistir –me digo-, pero para ello debo tener un cuerpo.
Digo: algo más allá de presunción, una conjetura.
Porque si existo es todavía por una idea difusa,
/una supuesta marca en el éter.
¿De qué color…?
¿De qué color es la despedida? La mano
busca en vano una moneda en el bolsillo
y se cortan dos cuerdas, la primera y la última;
en el metal, el óxido trabaja,
y ya nada me recuerda tu mirada
en dirección al aire donde se desbandaban las mariposas.
Adiós. Escribo esta palabra en una mínima madera.
¿De qué color…? ¿Del color de la lluvia,
de la piedra abandonada al costado del camino,
de la hierba dura y seca
que ni muerde el animal más hambriento?
Llega un momento…
Llega un momento en que el pie,
aunque desnudo, no entra en el zapato.
Entonces de nada vale, como antes,
mirarse al espejo, anotar al margen,
buscar cada cosa en cada lugar donde se la guardaba.
¿Qué es lo que a esta hora
el poema, éste, cualquier poema, anuncia
y, por pudor o temor, calla?
Oídos, nariz, ojos: tiene que haber…
A Rubén Grau
Oídos, nariz, ojos: tiene que haber otra cosa.
Otro modo de saber qué nos mata
o nos salva, cuál es el destino real del largo viaje
en el que estamos desde siempre embarcados
y que apenas si alcanzamos a entrever
en los ojos de los otros,
en el vuelo de los pájaros de rama en rama.
Tiene que haber una manera diversa,
un instrumento más allá de la brújula,
el compás, el cronómetro;
de la tierra lodosa, por fin, a tierra firme,
del mero número al color y sabor del número,
de la sangre en la tierra a la sangre,
para siempre, purificada por la luz, el agua.
Aquí, donde vienen a comulgar…
Aquí, donde vienen a comulgar las sombras,
donde los ecos no provienen de voz alguna,
de ruido alguno. Y el vasto programa
del silencio, la errada articulación
y el sinsentido de los que acuden en masa
a presenciar el final del viento y del fuego.
Aquí, la entraña vaciada y el tardío abrazo.
Siempre es orilla. Siempre es Epifanía que no se cumple.
El negado obsequio de las ramas.
Las ramas que se agitan, una a la vez.
No poder atravesar esta firme materia.
No poder tomar al fin la primicia.
¿Y si el mundo se corriera y me dejara ver tu espalda?
¿Y si los mundos se corrieran y me dejaran ver tu vientre?
Una marca, al menos una.
Una astilla de metal caído, de niñez caída.
Conté cien nubes y no hubo milagro.
Conté cien mil nubes y hubo, como antes, levedad y espera.
¿Y si las estrellas se corrieran y me dejaran ver tu rostro?
(De "Radiación de fondo", con prólogo de Floriano Martins, Abrace editora, Montevideo, 2018. Carlos Barbarito nació en Pergamino, provincia de Buenos Aires, Argentina, en 1955. Cuenta con una extensa obra publicada, a partir de "Poesía quebrada", de 1984. Siguieron "Éxodos y trenes", 1987; "Páginas del poeta flaco", 1988; "Bestiario de amor", 1992; "El peso de los días", 1995; "La orilla desierta", 2003; y "Piedra encerrada en piedra", 2005. Obras suyas fueron publicadas también en San José de Costa Rica; Ciudad de México; Barcelona y Tenerife, España; entre otras. Asimismo, publicó estudios sobre artes plásticas: "Acerca de las vanguardias, Arte argentino siglo XX”, en 1990, y "Roberto Aizenberg. Diálogos con Carlos Barbarito, en 2001).
