• @AbrilMda
    De romper el ritmo nacen melodías preciosas
  • @BAKENEKA
    Tengo un árbol de estrellas que muere con cada parpadeo del sol meridiano
  • @Detereal
    El pasado también se cansa de interpretar las mismas escenas con los mismos personajes deslucidos
  • @silencioenletra
    Afila tu lápiz, voy a quererte
  • @abrapalabra
    Hay que irse, porque alguien debe escribir la distancia
  • @monarcamanni
    También se regresa para volver a llenarse de la misma sed
  • @osorio_jl
    En la orilla del silencio nos desbarrancamos todos
  • @Jorge_mora_
    El presente perpetuo/ Los montes son de huesos y de nieves/ están aquí desde el principio
  • @atsabella_
    Le bailo al rumor de tu fuente
  • @Linaceballos
    Que la literatura se quede consigo
  • @Tishayloslibros
    No quiero olvidarte, por si regresas
  • @La__Ella
    Al despertar era yo quien no estaba

México: no es posible callar

 

   José Emilio Pacheco

 

 

   El reposo del fuego

 

   6

 

¿Hasta cuándo, en qué islote sin presagios,

hallaremos la paz para las aguas,

tan sangrientas, tan sucias, tan remotas,

tan subterráneamente ya extinguidas,

de nuestro pobre lago, cenagoso

ojo de los volcanes, dios del valle

que nadie vio de frente y cuyo nombre

los antiguos callaron?

 

                        ¿Qué se hicieron

tantos jardines, las embarcaciones

y los bosques, las flores y los prados?

                                                           Los mataron

para alzar su palacio los ladrones.

¿Qué se hicieron los lagos, los canales

de la ciudad, sus ondas y rumores?

Los llenaron de mierda, los cubrieron

para abrir paso a todos los carruajes

de los eternos amos de esta tierra,

de este cráter lunar donde se asienta

la ciudad movediza, la fluctuante

capital de la noche.

 

Dijo el virrey: ‘Los hombres de esta tierra

son seres para siempre condenados

a eterna oscuridad y abatimiento.

Para callar y obedecer nacieron’.

 

La injuria del virrey flota en el lodo.

Ningún tiempo pasado ciertamente

fue peor ni fue mejor.

 

 

 

   7

 

México subterráneo… El poderoso

virrey, emperador, sátrapa hizo

de los lagos y bosques el desierto.

 

Hemos creado el desierto: las montañas,

rígidas de basalto y sombra y polvo,

son la inmovilidad.

                             Vibra el estruendo

que hacen las aguas muertas resonando

en el silencio cóncavo.

                                     Es retórica,

iniquidad retórica hasta el llanto.

 

 

   8

 

¿Sólo las piedras sueñan?

                                        ¿Su hosca esencia

es la inmovilidad?

                             ¿El mundo es sólo

estas piedras inmóviles?

 

Roza el aire el cantil para gastarse,

para hallar el reposo. Inconsolable

el descenso del vértigo: marea

de mil zonas aéreas desplomándose.

 

 

   10

 

Hay que darse valor para hacer esto:

escribir cuando rondan las paredes

uñas airadas, animales ciegos.

No es posible callar, comer silencio,

y es por completo inútil hacer esto

antes que los gusanos del instante

abran la boca muda de la letra

y devoren su espíritu.

 

 

   Manuscrito de Tlatelolco

    (fragmento)

 

Muchachas y muchachos por todas partes.

Los zapatos llenos de sangre.

Los zapatos sin nadie llenos de sangre.

Y todo Tlatelolco respira sangre.

 

-Vi en la pared la sangre.

 

-Aquí, aquí Batallón Olimpia.

 

-¿Quién, quién ordenó todo esto?

 

-Nuestros hijos están arriba.

Nuestros hijos, queremos verlos.

 

-Hemos visto cómo asesinan.

Miren la sangre.

Vean nuestra sangre.

 

En la escalera del edificio Chihuahua

sollozaban dos niños

junto al cadáver de su madre.

 

-Un daño irreparable e incalculable.

 

Una mancha de sangre en la pared,

una mancha de sangre escurría sangre.

 

Lejos de Tlatelolco todo era

de una tranquilidad horrible, insultante.

 

-¿Qué va a pasar ahora,

qué va a pasar?

 

 

   Crónica Mexicayotl

 

En otro giro de la procesión

o de la tribu errante que somos,

henos aquí sin nada como al principio.

Sapos y lagartijas nuestro alimento,

sal nuestra vida, polvo nuestra casa.

Añicos y agujeros en la red

Nuestra herencia de ruinas.

Por fin tenemos

que hacerlo todo a partir

de esta nada que por fin somos.

 

(De “Tarde o temprano, poemas 1958-2009”, Colección Nuevos Textos Sagrados, dirigida por Antoni Marí, Tusquets Editores, Ciudad de México, 2010. Esta antología incluye “Los elementos de la noche”, 1958-1962; “El reposo del fuego”, 1963-1964; “No me preguntes cómo pasa el tiempo”, 1964-1968; “Irás y no volverás”, 1969-1972; “Islas a la deriva”, 1973-1975; “Desde entonces”, 1975-1978; “Los trabajos del mar”, 1979-1983; “Miro la tierra”, 1984-1986; “Ciudad de la memoria”, 1986-1989; “El silencio de la luna”, 1985-1996; “La arena errante”, 1992-1998; “Siglo pasado, desenlace”, 1999-2000; “Como la lluvia”, 2001-2008; y “La edad de las tinieblas”, 2009. José Emilio Pacheco nació el 30 de junio de 1939 en Ciudad de México, y murió en ese mismo lugar el 26 de enero de 2014. Su relación con la literatura y sus actividades en ella comenzaron en la revista “Medio Siglo” de la Universidad Nacional Autónoma de México. Posteriormente dirigió colecciones y publicaciones vinculadas con las letras. Se especializó en literatura mexicana del siglo XIX, y estudió al argentino Jorge Luis Borges. Se lo considera uno de los exponentes de la “Generación de los cincuenta”, también llamada “Generación de medio siglo”, junto con Salvador Elizondo, Eduardo Lizalde, Carlos Monsiváis y Sergio Galindo, entre otros escritores. Sus publicaciones de poesía comenzaron en 1963 con “Los elementos de la noche”. Después de la antología “Tarde o temprano”, de 2009, se publicaron “Como la lluvia” y “La edad de las tinieblas”, en el mismo año, y “El espejo de los ecos”, en 2012. Fue también novelista, cuentista, ensayista y traductor. Obtuvo gran cantidad de premios, entre ellos el Cervantes, en 2009, el Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca, en 2005, el Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, en 2004, y el Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo, en 2003).

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