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La Poesía Alcanza

Miguel Ángel Zapata

 

   Uno se cansa de estar solo

 

Uno se cansa de estar solo delirando

con su ventana en medio de la calle,

entre la nieve que arrastra

su blancor por los callejones olvidados.

Uno se cansa de salir a buscar la

misma mujer con el cabello

largo hasta los pies.

 

Tal vez en eso consista el arte de la soledad:
escribir repetidas veces la isla con su cielo lila

y la esbeltez del faro que derrama su luz sobre

nuestro cabello alborotado.

 

Tal vez sea sólo eso: una brújula sin memoria

para el tiempo que vendrá.

 

 

   Central Park

 

 

Las mujeres se ven más hermosas cuando llueve:

son esculturas de agua en movimiento.

 

Las fuentes celebran la energía de las gacelas

corriendo por el Parque Central.

 

¿Para qué vive uno si no es para celebrar este trote,

la agitación de la sangre en la delicia de la observación?

 

Por eso salgo a mirarlas cuando van corriendo bajo los

árboles, cruzando entre la multitud ciega que pasa sin verlas,

aparentando no ver ni sentir mientras se les deshace la piel.

 

Es una música distinta: las piernas y la hierba como un jazz

que contiene la respiración en el imperio de la noche.

 

 

   Mi perro tiene alma

 

                     Para Christian, en sus ocho años

 

Mi perro tiene alma,

por eso lo enloquece el geranio púrpura del jardín.

 

Su único pecado es tratar de atrapar los pájaros

que vienen a beber agua de la fuente de nuestro patio.

 

Le gusta oír a Mozart cuando llueve,

y suele bailar sobre un puñado de arena cuando hace sol.

 

Él modifica el desierto con sus pequeñas patas

y conoce como nadie el otro lado del jardín.

 

No tiene memoria, por eso es feliz.

 

 

   La rosa ciega

 

El amor es una ventana rota en medio

de la calle, esa rosa ciega que llega a coronar

su ceniza en mi torrente azul.

La primavera se salva con su acordeón

de flores y aguas temerosas de la lluvia.

Veníamos de la primavera del sur y ahora

nos sorprende el otoño con sus deshechos

de ciudad grande, con esos recodos donde

el corazón despierta de su muerte y terror.

Como quería Igor en su intrincada desarmonía,

el amor sube al corazón y la sangre se acelera

como un geranio desangrado entre la nieve de

la calle, y un pozo de cuervos enamorados.

 

 

   Barcelona

 

El purpúreo plumaje de la noche

sobre las aguas y la lluvia

azulina se repite en el

crepúsculo de los avellanos:

van bajando los ángeles a beberse

el índigo de las fuentes y los muelles

de la ciudad.

 

Oh purpúreo cielo…

 

el otoño dorado por las calles del

Paseo de Gracia, y las campanas

acercándose a pedirme una palabra

gótica para el bosque que se abate,

 

el cielo evita la zozobra del caído,

y la aurora sortea el cautiverio

de las rosas…

 

 

   Mi Vallejo

 

Aquí lo veo en esta banca de la plaza de las palomas, pensando en la lengua que escribió con el mundo ese cristal que quema la poesía. Hoy vuelve a escribir sobre la plaza la tinta intraducible del cóndor. De aquí se para y camina por la noche que ha vuelto a prender sus faroles, y de bar en bar va hablando y sonriendo mientras la garúa avanza. Y de aquí se marcha con la frente sudorosa, incansable.

 

 

   Machu Picchu, primera visión

 

Yo escribo sin reloj, sin pensar en nada, entre las esferas de la piedra volando con el río. La palabra me llega con el lodo de la lluvia y la madera: aquí vive la paja, el alpiste y la llama del poema que penetra la piedra de los siglos. Allá abajo vive la ciudad y su cerámica de iglesias, cafés, y nubes que adelgazan y suben. Aquí sobre la piedra sobrevivo y entre ojos anonadados crece la llama del río y la arcilla frota solitaria su memoria. La selva, el lirio y la morada de la piedra me susurran al oído. Desde aquí veo los secretos andenes, y a las muchachas extranjeras que se abren de piernas desconsoladas. No hay ideas, solo aire, un aire que te llama con la música de la piedra. Ya el oro se deshizo, la belleza engañadora de la fuente de cristal. Aquí escribo, peregrino, con mi botella de vino tinto mirando las vicuñas corredoras. Aquí el alma traspasa el aire, la bruma, y me escribe la piedra su mejor sonido.

 

(De “Hoy dejó de ser invierno por un día”, el suri porfiado, Buenos Aires, 2017. Miguel Ángel Zapata nació en Piura, Perú, en 1955. “Imágenes los juegos”, de 1987, fue su primer libro de poesía. Siguieron, entre otros, “Poemas para violín y orquesta”, “El pasapalabras”, “Lumbre de la letra”, “Escribir bajo el polvo”, y “El cielo que me escribe”. En 1995 publicó “El bosque de los huesos. Antología de la Nueva Poesía Peruana”. Obtuvo el Premio Latino de Literatura y el Premio José María de Hostos, de Ensayo, ambos en 2003. Reside en Nueva York, donde se desempeña como profesor de literatura latinoamericana. “Hoy dejó de ser invierno por un día” se presentó en Buenos Aires, a mediados de noviembre de 2017).

 

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