• @CariciaFugaz
    Echo tanto de menos las mentiras que nos permitían soñarnos a escondidas. Y reir.
  • @abrapalabra
    Un fantasma es una palabra sin alma
  • @_fugaz
    La noche solo es triste para quien no se sabe hundir en su oscuridad
  • @CazadordeLetras
    La ausencia de volver muchas veces
  • @lsilenciosa
    Nos encontramos/ para silenciosos y callados/ ser insolentes debajo de los astros
  • @Andyescarcega
    Con el primer amor, hemos amado hasta la ausencia
  • @Ladurie_
    Al final, la derrota es la única que nos acompaña, puntualmente
  • @CifuentesLucic
    Y para cuando te vayas,/ deja una última mordida/ tendida sobre los labios de la noche
  • @luna_eclipse3
    Abrir la cicatriz para asomarte y recordar cómo eras antes del miedo
  • @windsorduke
    De un laberinto de emociones se sale hacia adentro
  • @BelmonteEsteban
    La voz hace de cornisa para los que saltamos por la ventana
  • @PattyKuipers
    La lluvia llora por la muchacha que con sus lágrimas riega el desierto de sus ilusiones

Albeiro Montoya Guiral

 

   El nombre del fuego

 

La vida es amarga, en consecuencia, besa.

Quémate si el fuego en que amamos es el último.

No temas a mis manos que aprietan tus senos

como si fueran dos azucenas vencidas por la noche,

así como yo no temo a tu delicada forma de abarcar mi cuerpo

de hombre o de sueño o de árbol ─qué sé yo─,

aprendí a olvidar de qué extraña sustancia amanezco

construido cada día.

Amar es lo único que nos queda por hacer.

Vivir en esta instancia de la muerte

es ínfimo comparado al amor.

Desnudarnos fue un acto apenas cotidiano

como soñar con rosas o bailar antes del sueño.

Desnuda sé amarte como si estuvieras hecha

de azucena estremecida

o de lluvia amaestrada para caer en la melancolía.

Sabe amar mi cuerpo desnudo de hombre o de sueño o de árbol.

No prestes atención a las dos palabras estremecedoras de mis ojos.

El nombre del fuego no se pronuncia:

se besa.

 

 

 

   Eres hijo de ti mismo y te muerdes

 

Padre, tu único hijo ha muerto para que mis manos nazcan,

tu único silencio fue invadido

por guaduales y lámparas.

Tristes caballos miran la llovizna

de la infancia caer en la ciudad lejana.

 

Eres padre de ti mismo, infortunio.

Eres hijo de ti mismo y te muerdes.

Padre, tu único hijo ha muerto

y está habitando los zapatos del olvido.

 

 

   Naturaleza muerta

 

La muerte puede ser un sombrero blanco

sobre nuestros mejores libros,

un vestido sin estrenar,

un par de camisas a rayas que huelen a café,

una mujer venteando un fogón para encender la tarde.

 

Pero no,

soy yo

tan solo,

barriendo imágenes

en la oquedad de este instante.

 

 

   El verano

 

La tierra es un perro amarillo

que duerme a la sombra de un guayabo.

Las mujeres le llevan agua robada

en la noche de un secreto yacimiento,

pero él, indiferente, duerme el sueño del sopor.

 

Un pájaro de luto vuela en círculo

mientras lo espera ver morir.

 

Si yo no fuera niño

saldría de esta humedad donde me enterraron

para espantarle las moscas,

para espantarle la muerte al verano.

 

 

 

    Última calle

 

                                A Carlos Héctor Trejos Reyes

 

 

Todas las noches vendrá a ladrarte una lejanía

y vas a soñar que te disparan con piedad.

Todas las mañanas despertarás

empuñando una paloma muerta.

De tus ojos saldrá

un agua de rosas antiguas

pero no podrás morir jamás.

La muerte te va a dejar esperando,

vestido y engalanado

a la altura de la mejor celebración.

 

Quienquiera que seas:

sin remedio tendrás que vivir.

A solas irás por la única calle que le queda a tu ciudad.

La imposibilidad del retorno y de la despedida

como aceite goteando de tus dedos.

Se te hizo muy tarde para morir.

Se te ha hecho tarde.

 

 

   Es invencible el insomnio

 

Una noche lluviosa

no me dejaba dormir con sus ladridos.

Lo llevé afuera,

le introduje el cañón del revólver en el hocico

─estaba amistoso ante mí,

lamiéndome la mano, meneando su cola peluda─.

Lo miré a los ojos y, sin apiadarme, disparé.

 

La noche lo vio perder la cabeza

y escuchó el último latido de su corazón.

 

No sé cómo

a pesar de lo que cuento

va detrás de mí a todas partes,

siguiéndome de lejos por los caminos,

y llegando hasta mi lecho para interrumpir mi sueño

el perro incansable de la poesía.

 

 

   Piromanía

 

Quiero jugar el fuego

incendiarme en tus ojos

donde todo existe

porque nada existe fuera de la noche

 

Quiero jugar el fuego

esta sospecha de que no existo

y apenas soy un traficante de silencios

un vendedor ambulante de la memoria

 

Quiero jugar el fuego

incendiarme en tu boca

donde se accidentó el deseo

por pasar en rojo las palabras prohibidas

 

Quiero jugar el fuego

Besarte

robar las llamas

y ganar la muerte

 

(Los primeros dos poemas fueron tomados de “En tierras del cóndor, muestra de poesía Colombia-Perú”, publicada en 2014, con selección por parte colombiana a cargo del poeta Juan Manuel Roca. Los restantes son inéditos, y fueron enviados por el autor para esta publicación. Albeiro Montoya Guiral nació en Santa Rosa de Cabal, Risaralda, Colombia, en 1986. Es poeta y ensayista. Actualmente se desempeña como profesor universitario. Candidato a Magíster en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia en la profundización de Poesía. En 2011 realizó una investigación sobre los poetas Carlos Héctor Trejos Reyes y Orlando Sierra, titulada “Poesía de la muerte y muerte de la poesía” para el Portal Literario del Eje Cafetero. Dirige el portal literariedad.co).

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