• @SrtaLeclerc
    No creo en nada que no se pueda romper
  • @CazadordeLetras
    La profunda oscuridad del que sabe leer y no lee
  • @SandraTernM
    Pronuncio tu nombre y entonces/ la mano del viento sacude este sitio/ y queda una flor que anula la ausencia
  • @Andyescarcega
    En este atardecer, con un sol empolvándose en el tráfico de recuerdos, te espero.
  • @Patriciabeda
    Desnudo el miedo en la memoria de la noche
  • @Ladurie_
    Abandonarse en el otro para corromper su individualidad
  • @igriega_eme
    ¿A qué distancia nos desconocemos?
  • @_fugaz
    La vida es eso que pasa mientras tu decides cuánto azúcar le pones al café de los recuerdos
  • @luna_eclipse3
    Nos sentamos/ al borde del cielo,/ desde donde cuelgan/ las estrellas./ Donde la mirada tiembla/ y las caricias despeinan
  • @fuentesdelazaro
    Él decía que no arrastraría inocentes, que en su abismo sólo cabía uno, que su camino ardía en soledad...
  • @Elyzabeet
    Te amo/ Porque eres lo que no soy/ Porque contigo tengo todo lo que nunca desee tener./ Porque en tus ojos veo un cielo donde permanecer.
  • @LaCabronice
    Hay ropa que te viste con recuerdos de quien alguna vez te la quitó

Uno es algo que vive (II)

 

   Edgar Bayley

 

   Ni razón ni palabra

 

cada noche los sueños inmolan tu pena y tu culpa

de frente al olvido

a la pregunta y la canción inexcusable

 

es necesario empaparse herirse hundirse

buscar el estallido hasta decir: perdón no soy el mismo

pero el fuego desgrana tus razones de tierra

debes perder la luz plena

los motivos de la victoria

agrio pesado cruel

la ciudad te vuelca te vacía

corazón vacío

miseria burbujeante

 

no es preciso razón ni palabra

para este airado hogar

que nadie después sume su nieve o su festejo

despierto queda allí en su momento

en cambio y permanencia

en nube recia

en la libre mano

y el cabalgar del sueño

 

 

   Date prisa

 

que esta lluvia viene de hace mil lluvias

y cae triste quebranto en tu costado

cae vana puñalada en tus dos nombres

húmeda pared infancia abierta

dios que me crecía poco a poco

no te olvides entonces del encargue

traenos algo un saxofón una memoria

una forma de esperar a mis hermanos

una luz un rumbo un llanto cierto

un silencio una pestaña un leve día

un espejo maduro la libreta

date prisa no vayas a olvidarte

habla –tú que puedes- por nosotros

ven a ayudarnos a cambiarlo todo

hasta las ganas de morir las noches

y transforma el horror en mediodía

 

 

   Un hombre suelto

 

alguien tiene un amigo en su sombrero

alguien puede hablar con libertad de su relente

alguien descuida su reloj se descomide

alguien saluda como un soplo al largo espejo

alguien espera carta y no le escriben

alguien habla y lo entienden de corrido

alguien entiende y habla muy bajito

alguien obtiene amor donde lo pide

alguien es por fin un hombre suelto

que mataron ayer por un descuido

 

 

   Cuando el aire

 

cuando el aire se pueblo estoy presente

canta la puerta el fuego la esperanza

conoces tu nombre y la sangre de tu sueño

la tierra donde amanece el día

cuando la luz llega canta mi silencio

 

es suficiente el lejano retumbar del trueno

la verde falda de la montaña

y este momento ayer mañana

es suficiente

confiar esperar

estar despierto

 

(De “Obras”, con presentación de Francisco Madariaga y prólogo de Rodolfo Alonso, edición de Julia Saltzmann y revisión y estudio preliminar de Daniel Freidemberg, Grupo Editorial Grijalbo Mondadori, Buenos Aires, 1999. Edgar Bayley nació en Buenos Aires, en 1919, y murió en esa misma ciudad, en 1990. Sus publicaciones de poesía comenzaron con “En común”, en 1949, una época en que compartió junto con su compatriota Raúl Gustavo Aguirre la edición de la revista “Poesía Buenos Aires”. Fue también ensayista y dramaturgo, y trabajó como periodista).

 

 

   Fernando Cazón Vera

 

   El afortunado

 

Quién tiene un ojo que no le sirva,

una oreja que le sobre, quién tiene

un mes de más en su almanaque,

una hora inservible en sus relojes,

quién respira dos veces y vive

y sobrevive una única vida, quién

copula fielmente su bigamia, quién

se hace trampa y nunca se sorprende,

quién tiene un muerto que todavía lo ama

sin tocarle los sueños inminentes, quién

cabe a la vez en dos lugares diferentes,

quién ha dejado de morir su parte menos útil,

quién, en definitiva, gana la mesa

sin tirar los dados.

 

 

   Parábola del indeciso

 

Huyó desde sus piernas para adentro

Regresó de los ojos para afuera

Quiso volver al fin, pero se iba

Quiso exiliarse pero se quedaba.

 

Estaba siempre donde nunca estaba

Era y no era, lo mojaba el fuego

Lo quemaban las lluvias torrenciales

Alas de viejos pájaros lo anclaron.

 

Y supo odiar con el amor más puro

Amó también con su traición profunda

Y dijo la verdad. Y estuvo solo

Mintió y mintió. Y entonces le creyeron.

 

 

   Alternativas

 

Camino entre dos aguas

la del sediento

la del ahogado.

 

Entre dos fuegos ando

el del constructor

el del incendiario.

 

Voy entre dos amores

el del amante

el del despreciado.

 

Entre dos vidas muero

la del poeta

la del condenado.

 

(De “Poesía viva del Ecuador, antología”, con introducción de Jorge Enrique Adoum, colección Crónica de Sueños, Editorial Grijalbo Ecuatoriana, Quito, 1998. Fernando Cazón Vera nació en Quito, en 1935. Comenzó a publicar poesía con “Las canciones salvadas”, en 1957; “El enviado”, en 1958; “La guitarra rota” y “La misa”, en 1967; “El extraño”, en 1968; “Poemas comprometidos”, en 1972; “El libro de las paradojas”, en 1976; “El hijo pródigo”, en 1977; “Las canciones salvadas”, antología, en 1980; “Rompecabezas”, en 1986; “Este pequeño mundo” y “Cuando el río suena”, en 1996; “A fuego lento”, en 1998; “Relevo de prueba”, en 2005; y “La sombra degollada”, en 2006. Además, la Casa de la Cultura Ecuatoriana publicó una antología de su obra, abarcando el período 1958-2000. Se desempeña además como periodista y editor).

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