• @DeNegraTinta
    Conservo la palabra inquieta, la mirada atenta a esas metáforas de tintes sospechosos
  • @cat_alina_
    Soledad es leer a solas lo que uno escribe para alguien que ya no está
  • @Justicia_Azar
    Arder, hasta no dejar el menor indicio
  • @dulcemorgana1
    Buen día raza de barro y de maíz, que sabe de amores distantes pero entrañables y de besos depositados en avioncitos de papel
  • @IvonneOrtizAlar
    La memoria es una lenta caravana de consignas
  • @Guashabita
    Allí está la noche/ solemne/ muda/ como si no supiera de susurros/ como si no supiera/ todo lo que callo
  • @jevpi
    Hay una palabra muda, cóncava, nocturna, del otro lado de la luna. Una palabra ausente del texto que vivimos
  • @_LaGodoy
    Sos todos los verbos de mi insomnio
  • @primari55
    Solo soy una sombra de mi pasado
  • @VConstripada
    Al parecer hay una última fe en toda caída
  • @Ceru1306
    Pagué mis errores con despedidas
  • @UnAlmaDesnuda
    Un atardecer que sabe a sal y un poema que se enreda vagabundo, entre la falda de la luna

Leopoldo Castilla

 

   Poemas de “Gong (Canto al Asia)”, trilogía con la cual el poeta argentino obtuvo el premio Víctor Valera Mora 2014, como se anunció a fines de agosto. Los tres libros reunidos son “Baniano”, “Bambú” y “Durián”).

  

   III (de “Baniano, Sudeste”)

 

En la piedra

(como él

dormida para desaparecer)

pudo guarecerse el Buda.

 

Le han grabado en los pies

el envés del universo,

toda la historia en una sola huella:

            sólo de la progresión de un mismo instante

            puede nacer un dios,

            por eso no alcanza a la naturaleza.

 

La piedra todavía es hombre

le amansa la forma

la memoria

            ni cuando sea polvo

            podrá escapar al dios

 

no tienen espacio

            las distancias,

la canción que oran

es el eco del pie

de este ser sin futuro

al que oyen avanzar

volviendo sobre sus propios pasos.

 

No hay extensión

 

            lo infinito cabe en el rayo

           de una imagen que se pierde.

 

 

   VIII (De “Baniano, India”)

 

Cómo habrá entrado a la luz de la luna

dormido sobre el catre

de sus huesos negros,

en esa apalomada inmortalidad

que ni siquiera siente

la velocidad de la acera

bajo las patas de la cama

ni a la ciudad que gira a su alrededor

como si él estancara

el resumidero del día.

 

En el centro de las recovas circulares de Nueva Delhi

como un insecto vivo

caminando

sobre una mente en blanco.

 

Nos ha dejado fuera

mientras su cabeza emerge

                                   sola

                                   en otro océano.

 

¿Qué resurrección de la luz

sostiene

al desasido?

 

¿Y nosotros, expulsados de todo amanecer,

qué haremos con el ojo calcinado

igual que un faro

que mueve su bastón ciego?

 

   XIII (De “Baniano, India”)

 

Este hombre que duerme desnudo en el asfalto

no puede aparecer.

 

Una larguísima soledad se extiende

de esa carne

como un párpado caído en plena calle.

 

De pronto, al verlo, los que íbamos

comenzamos a manar nuestro invisible:

nos abandonan lunas, adormilados animales,

espejos narcóticos, entumecidas memorias,

alguien que nunca había nacido,

y se hunden en el medanal de su cuerpo

y cruzan con él

hasta la planicie

donde a la eternidad

            la alarga

                        una estéril naturaleza.

 

Ahora los que van por la ciudad

temen por ellos,

                        por sus deformidades,

 

el hombre

por el horno de su cremación

-su casa-

donde multiplica por un pozo

los caminos

y teme el pájaro

que creía

que el espacio era su cerebro

y las bestias al saber

que nunca habían sostenido la tierra.

 

   Las casas de Buda (De “Bambú”)

 

                                   A Anthony Edkins

 

   I

 

Buda buscó la total disolución,

y fue representado hasta el infinito,

por los que desean -y no soportan-

la ausencia de dios.

 

Con más clemencia,

unas vetas de lluvia, unas hebras de viento,

intentan borrarlo de la pared de la caverna.

 

Hay otro nirvana y es el olvido.

Todavía camina en una estatua

ondulando el espacio, afeminando el aire. 

 

La hora cero

                        tiembla allí

                                   esperanzada.

 

Contra lo absoluto

Buda

a la delicadeza de la tierra,

encadenado.

 

(De “Gong (Canto al Asia)”, colección Palabra y Actitud, La Letra Impar, Buenos Aires, 2012. Leopoldo Castilla nació en Salta, noroeste de Argentina, en 1947. Sus primeras ediciones de poesía datan de 1968. Se exilió en España, a raíz de la persecución de la dictadura cívico-militar que asoló a su país a partir de 1976. Lleva publicadas alrededor de treinta obras, entre poesía, narrativa y ensayo.  Poemas suyos están traducidos al alemán, chino, francés, inglés, italiano, macedonio, portugués, ruso, sueco y turco. “Antología poética” fue publicada en Venezuela, en 2008. Su cuento “La Redada” fue llevado al cine como largometraje, con dirección de Rolando Pardo. Entre numerosos reconocimientos que preceden al Valera Mora, obtuvo el primer Premio Municipal de Poesía de la Ciudad de Buenos Aires, 1998-1999, y el Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes, de Argentina, en 2000. La Universidad de Carabobo, de Venezuela, lo condecoró por el conjunto de su obra).

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