• @hada_demente
    Yo necesito el humo/ ese que se esparce/ después de apagar/ la hoguera de las manos
  • @CariciaFugaz
    Macerar los errores para encontrar una disculpa que te justifique y huir del mundo del rencor
  • @Tishayloslibros
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    Las horas se desnudan cada vez más/ en un cielo convexo.../ muy al sur
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  • @MacaFranza
    Las palabras no son necias, hay lenguas descuidadas. Y no hay oídos sordos, hay paciencias agotadas
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Trenes a lo lejos

   Lo que sigue es una selección de poemas, de autores de varios países, referidos a los trenes, a bordo de ellos o a su paso. El título, “Trenes a los lejos”, es tomado de un libro del poeta argentino Guillermo Martínez Yantorno, de Ediciones de Poesía La Lámpara Errante, de Buenos Aires, publicado en 1984.

 

   JORGE TEILLIER

 

   Los trenes de la noche

 

   3

 

Recuerdo la Estación Central

en el atardecer de un día de diciembre.

Me veo apenas con dinero para tomar una cerveza,

despeinado, sediento, inmóvil,

mientras parte el tren en donde viaja una muchacha

que se ha ido diciendo que nunca me querrá,

que se acostaría con cualquiera, menos conmigo,

que ni siquiera me escribirá una carta.

Es en la Estación Central

un sofocante atardecer

de un día de diciembre.

 

 

   8

 

El sol apenas tuvo tiempo para despedirse

escribiendo largas frases sin esperanza

con la negra y taciturna sombra

de los vagones de carga abandonados.

Y en la profunda tarde sólo se oye

el lamentable susurro

de los cardos resecos.

 

 

   13

 

El silbato del conductor

es un guijarro

cayendo al pozo gris de la tarde.

El tren parte con resoplidos

de boxeador fatigado.

El tren parte en dos al pueblo

como cuchcillo que rebana pan caliente.

Los vagabundos quedan mirando

a los niños andrajosos

que juegan entre castillos de madera.

De las chozas dispersas a lo largo de la vía

salen mujeres a recoger carboncillo entre los rieles,

otras reúnen la parchada ropa

crucificada en los alambres

tendidos en los patios llenos de humo,

y algunas inmóviles y serias como grandes sandías

recogen en los umbrales el lerdo sol de fines de otoño,

ese sol que apenas puede escurrirse entre los álamos.

 

(De “Crónicas del forastero”, con selección y prólogo de Jaime Valdivieso, colección de poesía Musarisca, Ediciones Colihue, Buenos Aires, 1999. Jorge Teillier nació en Lautaro, Chile, en 1935, y murió en Viña del Mar, en 1996. Sus primeras publicaciones de poesía datan de 1956. Recibió numerosos premios, como el Municipal de Santiago, en 1961, y el del Consejo Nacional del Libro, en 1994. Asimismo, fue cuentista y traductor, y además se desempeñó como periodista).

 

 

   JUAN MANUEL ROCA

 

   Trenes

 

Atentos

a señales luminosas

           los trenes

los furgones del correo

(látigos negros que parten la noche

en dos tajos de silencio)

dibujan oscuros trazos

           secretas escrituras.

 

Alguien

hace el cambio de agujas en el muelle:

entonces entran

al túnel de mis sueños.

 

(De “Botellas de náufrago, antología poética 1973-2008”, con prólogo de Stefania Mosca y selección a cargo de Juana Burghardt, Tobías Burghardt, Stefania Mosca y Enrique Hernández-D’Jesús, Altazor, Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 2007. Juan Manuel Roca nació en Medellín, Colombia, en 1946. Es también narrador y ensayista. Su primera publicación de poesía, “Memoria del agua”, data de 1973. Tres años después siguió “Luna de ciegos”, con la que obtuvo el Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia. Ya en 1983 publicó una antología poética y en 2005 otra, llamada “Cantar de lejanía”. Esta obra tuvo prólogo del poeta chileno Gonzalo Rojas, que dice en un tramo: “Lo que más celebro en Roca es la fiereza, esa amarra entre vida y poesía que llega a lo libérrimo”. Roca recibió también el Premio Nacional de Poesía Ministerio de Cultura, en 2004, el Casa de las Américas José Lezama Lima, en 2007, por “Cantar de lejanía”, y el Casa de América de Poesía Americana, que se otorga en España, en 2009. También obtuvo reconocimientos por sus cuentos y por su labor periodística).

 

 

   ENRIQUE MOLINA

 

 

   Como debe ser

 

Aquí está mi alma, con su extraña

insatisfacción, como los dientes del lobo:

la narradora de naturaleza cruel e insumisa

que nunca encuentra la palabra;

y por allá se aleja un viejo tren, momentáneo y perdido,

como una luz en la lluvia, pero vuelve

a repetir su jadeo férreo y a llevarnos de nuevo

en el verde aire de los amores errantes.

Pues un tren no sólo moviliza sus hierros

sino sangre soñadora deslumbrada por el viaje,

rostros arena, rostros relámpagos, rostros que hacen música,

y puede crujir burlonamente también

cuando los demonios, en el salón comedor,

al cruzar por una pequeña estación de provincia

con un cerco de tunas y el mendigo predilecto de la Virgen,

sacaban la lengua y aplastaban su trasero desnudo contra el

   vidrio de la ventanilla.

Y nunca más vuelvas a despedirte de mí,

en medio de esta tierra cabeza abajo que se eriza en el aire frío

 

(De “Orden terrestre, obra poética 1941-1995”, Seix Barral, Biblioteca Breve, Buenos Aires, 1995. Enrique Molina nació en Buenos Aires en 1910 y murió en esa misma ciudad, en 1997. Es considerado uno de los grandes representantes del surrealismo en la poesía argentina. Sus publicaciones de poesía comenzaron con “Las cosas y el delirio”, en 1941, y siguieron con “Pasiones terrestres”, 1946; “Costumbres errantes o la redondez de la Tierra”, 1951; “Amantes antípodas”, 1961; “Fuego libre”, 1962; “Las bellasfurias”, 1966; “Monzón Napalm”, 1968; “Los últimos soles”, 1980; “El ala de la gaviota”, 1985. Publicó la novela “Una sombra donde sueña Camila O’Gorman”. Fue también pintor. En 1992 recibió el Gran Premio Fondo Nacional de las Artes).

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