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// ESPECIAL MEDELLÍN 2017 // Que los poetas salven a las palabras, pide Elvira Hernández

Los poetas se interrogan sobre las palabras que circulan actualmente, en una etapa en la que otros formatos de comunicación e interacción están desplazándolas, afirma la autora chilena Elvira Hernández. Agregó que los poetas se abocan, o deben hacerlo, a las palabras que están perdiéndose en medio de la oleada tecnológica.

 

   “La sensibilidad del poeta está hoy en interpretar su tiempo. El poeta le busca la quinta pata al gato. Que el poeta hable, o si no van a hablar las máquinas”, advirtió.

   Elvira Hernández nació en Lebu, provincia de Arauco, en 1951. Lleva publicadas numerosas obras, entre ellas “Arre, Halley, Arre”, en 1986; “Meditaciones físicas por un hombre que se fue”, en 1987; “Carta de viaje”, en 1989; “El orden de los días”, en 1991; y “Seña de mano para Giorgio de Chirico”, en 2004. Una de las obras por la que es más conocida es “La bandera de Chile”, de 1991. Poemas suyos fueron integrados a varias antologías nacionales e internacionales.

   Es una de las participantes del Festival Internacional de Poesía de Medellín 2017, el lunes 10 de julio dio la conferencia “Que no tengamos que decir que los sueños sueños son”, organizado por la Escuela de Poesía de Medellín.

   Tras afirmar que la poesía “va mucho más allá de lo lingüístico” y puede estar presente en una película o en una imagen, advirtió que “estamos regidos por una cultura tecnológica”, que limita los intercambios entre las personas, y que establece otras formas de conexión, dejando atrás a las palabras.

   Se abocó de inmediato a un recorrido de la poesía chilena a partir del momento en que Nicanor Parra publica sus antipoemas y leyó íntegramente el “Manifiesto”, que expresa una crítica al lirismo imperante hasta entonces. El texto de Parra, según Hernández, reclama poetas que “bajen del Olimpo” y se comprometan con la “revolución social”, una idea que se expandía por América Latina en los 60 del siglo XX.

   Luego tuvo una incidencia profunda la dictadura cívico-militar que impuso en el país el genocida Augusto Pinochet, a partir del golpe de 1973. La censura dictatorial tuvo la consecuencia directa de la autocensura, pero por extraño que pueda parecer, dijo, la obligación de trabajar el lenguaje de manera menos directa le dio potencia a la poesía en esa época, en la que salen a la luz autores como Raúl Zurita, Thomas Harris y la poesía mapuche, uno de cuyos exponentes máximos es Elicura Chihuailaf.

   El “cambio radical” en las palabras al que obligó el régimen totalitariol es sucedido después por la denominada “apertura” de Chile, junto con fenómenos globales que redundaron en la “incorporación de códigos externos, de otro lado”, pues “el país se abrió a una tecnologización” y se instaló una realidad definida como “modernización, una palabra en la que hay que poner mucho cuidado”, avisó Hernández.

   La poeta habló de la imposición de la mecanización, la aparición de la lectura en las pantallas, la multiplicación de medios de comunicación, todo lo cual hace que “estemos en una etapa de mudez, y entonces la poesía se pregunta qué puede decir”.

   Es desde los 70 que “sospechamos que la palabra comenzaba a perder su eficacia” y así “la palabra sueños desaparece casi de la poesía y la toman los políticos, que dicen encarnar los sueños de las personas y del país”.

   Esa es la labor de “interpretación” que es necesaria para los poetas, para “interrogarnos sobre qué es lo que hay en las palabras que nos lleve a relacionarnos con los demás”, o si por el contrario, “dada nuestra situación frente al lenguaje, que es lo que nos define, hemos ya renunciado”.

   El desafío es crear y se crea cuando, explicó la poeta, “alguien dice algo y alguien puede escucharlo”.

   Hace falta “conversación”, continuó Hernández, quien anunció a la platea que irá a su país a informar y comentar que participó en Medellín de encuentros como este, en el que hay un diálogo, un intercambio con las personas, algo que –lamentó- no sucede en Chile, por la vertiginosidad y las exigencias laborales de la vida diaria.

   Frente a una “cultura tecnocrática, muy clasificadora, que impone compartimentos y fragmentación”, es necesario que “cada parte se pueda relacionar con la totalidad, una palabra que también se perdió, porque somos como islas”.

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