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Poesía en los muros contra la mutilación de la dictadura en Rosario, Argentina, hace 45 años

Cantar "a la orilla de la muerte", esgrimir e inscribir la palabra en su vecindad como desafío, fue lo que hicieron poetas jóvenes de la ciudad argentina de Rosario a comienzos de los 80, cuando la dictadura cívico-militar que asolaba al país, responsable del Terrorismo de Estado, daba algunas señales de agotamiento.

 

   Rosario, 300 kilómetros al norte de Buenos Aires, una de las ciudades más grandes del país, siempre de gran capital cultural, fue objeto de la represión ilegal de los militares que habían asaltado el poder en 1976 como todos los centros urbanos. Un desarrollo industrial relativo y una gran universidad sumaron motivaciones al sistema represivo, puesto que en la cuenta total los trabajadores fueron el grupo que sufrió el más alto número entre 30 mil desapariciones, seguidos por los estudiantes.

   En 1981, cuando las denuncias por el Terrorismo de Estado se conocían en numerosos países y el daño económico causado por el plan neoliberal de la dictadura aumentaba el malestar social y político de la población, la dictadura parecía debilitada, pero las condiciones eran no obstante de gran inseguridad para los civiles, no obstante lo cual un grupo de poetas jóvenes de Rosario formó un grupo de acción.

   El diario La Capital, en una nota de Lucía Dozo, recuerda estos hechos singulares, que incluso dieron lugar -dice- a mitos urbanos.

   Los poetas consiguieron gran repercusión porque resolvieron pintar muros de la ciudad con versos de numerosos poetas, entre ellos los españoles Luis Cernuda y Gabriel Celaya, y autores argentinos, algunos de los cuales habían sido víctimas de la represión ilegal o que debieron partir al exilio: Francisco "Paco" Urondo, Roberto Santoro, Juan Gelman, Miguel Ángel Bustos y Raúl Gustavo Aguirre.

   Los textos llevaban la firma "El Poeta Manco", el nombre que se había dado el grupo como intento de denuncia de la mutilación que sufrían los cuerpos, y el país mismo, recuerdan ahora algunos de los impulsores de la actividad. Los primeros fueron Oscar Bondaz, Patricia Busa, Adolfo Cueto, Reynaldo Sietecase y Carlos Torregiani.

   "La idea era aprovechar los primeros síntomas de apertura de la dictadura y empezar a abrir espacios para el arte. Nuestra militancia contra el autoritarismo iba a ser el arte, en especial la poesía", evoca Sietecase.

   Por ello mismo resolvieron editar una revista de poesía, del mismo nombre. Bondaz dijo a La Capital que "las revistas literarias habían perdido vigencia, porque todo lo cultural olía a subversión y muy pocos se jugaban con un emprendimiento". Algunas publicaciones, dijo, hacían lugar a la literatura aunque parecían más identificadas con el rock, otras artes o la defensa del medio ambiente.

   El primer número de "El Poeta Manco" apareció en diciembre de 1981, se publicó hasta 1984 e incluía a autores clásicos junto con los nóveles.

   Según Sietecase se fue creando la idea de un poeta manco de carne y hueso, lo que sedimentó como leyenda en Rosario. Se supuso que llegó a existir "un personaje loco de furia y belleza que, aerosol en mano, ejercía una rara justicia poética. De hecho, algunos medios así lo registraron", agrega.

   Los riesgos no eran menores a pesar de que la dictadura iniciaba su decadencia. A medida que su crisis se profundizó, los márgenes de acción se fueron ampliando progresivamente.

   La nota del diario, rica en muchos otros detalles y evocaciones, está disponible en este enlace:

http://www.lacapital.com.ar/cultura-y-libros/los-jovenes-poetas-los-muros-plena-dictadura-civico-militar-n1458053.html

 

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