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La palabra poética "es una sola": la convicción de Violeta Parra

La palabra poética es una sola: esta fue la convicción o la sensibilidad con la que la poeta y compositora chilena Violeta Parra emprendió sus actividades creativas. También el modo con el que trató los textos de otros autores y cómo se acercó a ellos, sostiene Paula Miranda, profesora de Literatura y autora de obras de investigación de la vida y la obra de la cantante.

 

   La relación intensa y productiva de Violeta con escritores de su época es relatada sintéticamente por la ensayista en un artículo que publicó en Qué Pasa, bajo el título “La cueca de los poetas”.

   Para este ejercicio propone imaginarla “en medio de la rica vida social y cultural de Chile entre los años 30 y 60, con todo lo bueno y lo malo de esa vorágine. Imaginémosla realizando colaboraciones, disputándose su lugar en la cultura o compartiendo proyectos y trabajos con distintos artistas”. Entre ellos, “sobre todo” –destaca-, con Pablo Neruda, su hermano Nicanor Parra, Pablo De Rokha, Enrique Lihn y Gonzalo Rojas.

   De ellos, continúa, es de quienes más aprendió, pero “ella no hacía divisiones entre poesía moderna y tradicional, entre cantores y poetas; para Violeta la palabra poética es una sola y sostiene su obra musical desde la palabra fundamentalmente, de ahí su cercanía con ese mundo”.

   Este espíritu de apertura incluye el hecho de que no reparara, o sencillamente no le importaran, las distancias de estilos y formatos entre sus propios textos y los de los demás.

   Así, dice Paula Miranda, “con Lihn tendrá una muy buena relación, con humor y complicidad; él era para ella el ‘honorable cantor de los cantores mayores’ y admiraba su poesía, tan distinta aparentemente a la suya. Violeta, al igual que él, se asume como ‘escribiente’: escribe sus décimas autobiográficas,  cientos de coplas, cartas en verso, poemas, y escribe sus canciones”.

   En 1938, en la casa de Nicanor en Santiago, “conoció a muchos exponentes de la generación del 38: a Gonzalo Rojas, a Tomás Lago, al filósofo Luis Oyarzún, de quien se enamorará fugazmente. Años más tarde, Lago será el intermediario para que Violeta sea invitada a exponer en la Feria de Artes Plásticas del Parque Forestal”.

   Con Rojas “entablará una amistad importante y será por su intermedio que la Universidad de Concepción la contratará por dos años como investigadora y profesora en las escuelas de temporada”.

   Es la época en la que conoció también a Pablo de Rokha, “con quien se reencontrará en París, en 1964. El poeta de Licantén resaltará su condición de ‘heroica mujer chilena’, ‘cantora americana de todo lo chileno, chilenísimo y popular, entrañablemente popular, sudado y ensangrentado’”.

   ¿Y qué pasó entre Violenta y las poetas? Dice la ensayista: “Pese a que la genealogía femenina es esencial para su obra, no sabemos si Violeta entabló amistad con poetas mujeres. Pero a la única que le dedica un poema-canción es a Gabriela Mistral. El ‘Verso por despedida’ fue escrito y grabado en 1957, con ocasión de los funerales de la poeta. Inspirada en el velorio de angelito, Violeta intercede ante Dios por Mistral para que haya consuelo acá en Chile, ya que la ‘Providencia Divina/ se llevó la flor más bella’”.

   La nota en Qué Pasa, rica en otros detalles y aspectos, se detiene también en “la relación permanente y de colaboración que tuvo con su hermano Nicanor”, aspecto que desarrolla específicamente.

   El texto completo está disponible en este enlace:

http://www.quepasa.cl/articulo/cultura/2017/09/la-cueca-de-los-poetas.shtml/

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