• @xaviermaples
    crepúsculo: el grito del viento se dobla penetrado ya por el silencio
  • @martamj32
    Para penitencia, no cometer el pecado
  • @La__Ella
    Dejaría todo cuanto he perdido por alcanzar lo que me falta por perder
  • @ellemiroir
    Más que saber dónde brotar, saber cómo enraizarse
  • @PinaDuncan
    Todo riesgo esconde, al menos, un aprendizaje y una belleza
  • @soniamude
    Se hizo piel de mis desnudos
  • @LunaPara2
    Hay lugares de donde salgo vestida de nostalgia y con la brújula rota
  • @_vaniailed7
    Es época de repartirnos el frío entre las miradas
  • @ireneparrita
    Leer con los dedos tu piel encendida hasta quemarme
  • @VersoFinito
    Te quiero/ desnuda de palabras/ vestida de silencio/ en la alta pena de mi aliento
  • @danielatome
    Bajar las luces, soplar la música y desvanecerme, suave, como las horas
  • @stainfed
    A pleno sol recorrer los pasos del tiempo

Alejandro López Andrada

  

   Nació en Villanueva del Duque, Córdoba, España, en 1957. Fue finalista del premio Adonáis y consiguió otros reconocimientos. En octubre de 2017 presentó “El horizonte hundido”, publicado por Hiperión, con prólogo de Antonio Colinas.

 

    Siluetas femeninas

 

Las mujeres más tristes llevan mirlos          

dentro del corazón,   

tocan el aire   

cercadas por la muerte;        

cruzan raudas,          

bajo la sombra gris de los castaños.

La más anciana de ellas       

se detiene,     

nos mira brevemente, como un árbol          

doblado por la lluvia, 

nos esquiva,  

nerviosamente, y sigue caminando.

 

 

   La ventana

 

Antes de abrir de nuevo la ventana,

quiero tocar

despacio las arrugas, los surcos

que la noche abandonó

en la fragilidad de tus pupilas.

La sencillez

fue alzando entre tus ojos

paredes de piedad. En la penumbra

de los pasillos,

toco el resplandor

de tu mirada de agua. No te has ido.

Nunca te retiraste.

Me habitabas,

como aún me habitas hoy. Siempre decías,

cuando te visitaba:

“Acércate,

quiero tenerte al lado”. ¿Lo recuerdas?

Los días del invierno se llevaron

tus lágrimas de arcilla, tus silencios.

Mas déjame que ahora, en este instante,

cuando mis dedos abran la ventana

pueda tocar tu voz

para dejarla

como una flor de música en las piedras,

en esas piedras blancas del corral,

donde aún respiras

limpio,

como entonces. Debo decírtelo:

a veces, llego al patio

y creo observar palabras de aquel tiempo

flotando en el granado,

porque estás -aún suenan tus pisadas

entre los lirios-,

y, ahora, de nuevo,

cuando florece el aire y en el corral vibran las golondrinas,

te siento aquí, a mi lado:

en el murmullo

de las abejas vuelvo a estar contigo.

 

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