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José Manuel Díez

 

   Nació en Zafra, Badajoz, en 1978. También músico, actividad en la que emplea el nombre artístico Duende Josele. El poema que sigue integra el libro “El país de los imbéciles”, publicado en la colección Poesía Hiperión. Esta obra obtuvo el Premio Jaén de Poesía.

 

   Imagina un caballo

 

Un caballo

que se va agrandando

a medida que se aleja.

VICENTE HUIDOBRO

 

 

Imagina un caballo.

Un caballo muy blanco desbocado en la noche.

Pero no en los lugares ni contextos comunes,

sino sobre el asfalto de las céntricas calles

de una ciudad cualquiera.

Una ciudad de tantas,

con luces de neón y gente que camina,

donde jamás ocurre nada extraño,

nada tan asombroso ni tan inexplicable

como nuestro caballo imaginario.

 

Imagina un caballo.

Un caballo muy blanco desbocado en la noche.

Imagina a la gente que se aparta a su paso,

y grita sorprendida, cautivada

por la visión anómala y sublime.

Y después argumentan, se emocionan, discrepan

y no saben ponerse de acuerdo en lo que han visto,

y no saben ponerse de acuerdo en lo que otros

les han dicho que han visto.

Y la noticia vuela, de boca en boca, insólita.

 

Imagina un caballo.

Un caballo muy blanco desbocado en la noche.

Algunos lo señalan como a un ser de otro mundo,

pero el caballo solo es un caballo.

Es fuerte. Corre y bufa.

Y no lleva montura ni riendas, solo crines

y músculos y ojos. Y relincha.

Y sus cascos avanzan

resonando en lo muerto del cemento, en lo ajeno

de esta ciudad que nunca vio un caballo

corriendo por sus calles,

tan libre, tan sin hombre, tan desnudo;

esta ciudad absorta, concebida

para el orden cabal de peatones y coches,

jamás para caballos desbocados.

 

Imagina un caballo.

Imagina las formas de un caballo que escapa,

nadie sabe de dónde ni hacia dónde,

nadie sabe por qué. Todos ignoran.

Quisieran detenerlo en su carrera

y alcanzar a montarlo,

sucumbir un instante para siempre a su fuga

solitaria y heroica. Pero nadie se atreve.

Hay que ser, para hacerlo, solitario y heroico.

 

Imagina un caballo desbocado en la noche.

Un caballo que corre como corre el delirio,

como cruza el deseo.

Y piensa en la ciudad, al día siguiente,

recordando la escena singular del caballo.

Y piensa en la ciudad, al día siguiente,

consternada y eufórica,

inventando un idioma para hablar del caballo.

 

Así es un buen poema:

belleza desbocada donde nadie la espera.

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